lunes, 7 de julio de 2008

Progres

Me revienta cierta raza nueva que prolifera en España y crece cada día de forma exponencial. Me revientan más aún que los sucios fascistas, que al menos tienen la dignidad de practicar lo que predican en su ideario, aunque eso los convierta en unos hijos de puta. No hablo de otra cosa sino de los progres.

Pretenden ser la salvación de la Humanidad, los abanderados de la convivencia y el progresismo –de ahí su nombre–; cuando en realidad no son más que una manada de mierdas. Son, dónde hemos llegado, la supuesta y más visible ¿izquierda? de este país.

Para comprender los entresijos de esta infecta hornada de hipócritas, tan sólo es necesario mencionar alguna de sus caras más visibles. Ahí tenemos a Ana Belén, comunista confesa que ahora sale en televisión promocionando el turismo para la Comunidad de Madrid de doña Esperanza Aguirre, una tipeja con la que cualquiera que se llamase de izquierdas no desearía ni compartir su oxígeno. Pero como ahora cualquiera se trata a sí mismo de rojo subversivo, pues así va la cosa. Lo que cuenta es la apariencia, quedar como un tipo guay e hiperprogresista, megatolerante y ultraabanderado de la lucha contra todo lo malo.

Donde más extendida se encuentra esta fauna es precisamente entre el colectivo de artistas –nunca una palabra abarcó algo tan amplio e indefinible–. Allí, entre tiro y tiro de cocaína siempre queda tiempo para salvar el mundo.

Por citar algún ejemplo más, se me ocurre el simpar batería de Mägo de Oz, Txus Di Fellatio –por si hacerse llamar así no lo decía todo, ahora da sus conciertos ataviado con una gorra nazi, el muy imbécil–, cuando dice sin ningún pudor que “somos capitalistas de izquierda”. Error, incongruencia supina. Por no reparar en el somos, del que se deduce que en su grupo existe una total homogeneidad en el pensamiento –algo muy poco proge, chavalín– o que ya habla en mayestático, cual Papa de Roma.

Pero si hubiese un ala dura dentro de este progresío –aunque sería blanda, bondadosa y solidaria– estaría sin duda representada por el extremo más detestable de toda esta corriente, la genuina diosa de lo progre, la voz de la patética hipocresía sociata, la insoportable Lucía Etxebarría; que no contenta con cagar en ciento cincuenta páginas, encuadernarlas, ponerle Cosmofobia o algo similar por título y vendérselo a algún incauto, se permite el lujo de combinar sus lecciones de moral en sus columnitas semanales –escritas como el puto ojal, todo sea dicho, porque si a pesar de no tener nada que aportar al menos gozase de buena pluma, quizás no se estuviera ganando a pulso un Apocalipsis inmediato– con quejas referentes, por ejemplo, a que los nuevos pijos lucen ahora pañuelos palestinos y desvirtúan el uso de esa prenda por parte de las personas que –como ella– llevan toda la vida luchando a favor de esa causa.

Mire doña Lucía, primero: identificar el pensamiento de una persona con su ropa es de un grado de imbecilidad que ni siquiera a usted le suponía; y segundo: para ayudar a la causa palestina tengo una propuesta la mar de interesante, átese dinamita a la cintura e inmólese en el Parlamento israelí. Dado su perímetro, un solo cinturón resultará más que suficiente.

miércoles, 2 de julio de 2008

Los hechos hablan

La historia que les cuento sucedió en una población cualquiera del norte de España. No tan al norte como para que sus habitantes carezcan del carácter identificativo del macaco rhesus, ni tan al oeste como para tener catedral gótica, o tan al este como para albergar acuosas exposiciones universales. Cualquiera con una leve formación geográfica habrá deducido que estoy hablando de la zona pudiente de Beverly Hills. O no.

Érase una vez el periódico local correspondiente a un domingo cualquiera que contenía, allá por la página veinte, el siguiente mensaje:

“Los hechos hablan”, ilustrado con un montaje formado por una gran fotografía del solar arrasado que antes ocupó el edificio popularmente conocido como la Casa de las Tetas, y varias otras de menor tamaño correspondientes a los restos derruidos del viejo convento de Madre de Dios, la plaza de toros de estilo modernista o el ala este del colegio de los Maristas, entre otras. Que hablando de una ciudad que no es precisamente Florencia, no es poco. Porque si con nuestro humilde patrimonio hacen lo que hacen, de tener capacidad decisoria sobre el Palacio Ufizzi, seguramente le pegarían volquete y levantarían en su lugar una urbanización, un centro comercial o una residencia geriátrica para ex prostitutas donde recluir a sus madres.

Si los anuncios en los periódicos los hiciese gente de la calle y no publicistas enamorados de los eufemismos, la cosa hubiese quedado más o menos así: Se quejaban de que nosotros jodimos todo lo que pudimos, pero ahora ellos hacen lo mismo. Para que veáis que son igual de cabrones que nosotros. Y ahora que ya sabes lo poco que me importa airear mis vergüenzas con tal de que se noten también las del contrario, vótame, pedazo de retrasado.

Todo esto a pleno color en un anuncio que ocupa una página completa del periódico local y pagado, no iba a ser menos, por el bolsillo del contribuyente del que se están riendo vilmente. Los hechos hablan, desde luego. Y en este caso están gritando a los cuatro vientos que resulta imposible ser más sinvergüenza que la clase política, más audaz y caciquil cuanto más pequeño es el cortijo que dirigen o al que aspiran. Maravilloso, ¿no?

Mas no desespere. Bilis está aquí para facilitarle el tránsito en este valle de lágrimas. Las siguientes líneas evitarán que, producto de semejante ignominia, intente usted arrancarse a bocados su propio escroto. Quizás no disponga en su domicilio –y me congratulo de ello– de una escopeta, una catana, un cuchillo ghinsu, el libro de Jose María Aznar, o cualquier otro objeto que al entrar en contacto con un ser humano pueda provocar su muerte; pero estoy seguro de que sí dispone de los siguientes artículos de uso cotidiano con los que podrá fácilmente seguir mi briconsejo de hoy.

Tome una botella vacía de al menos dos litros de capacidad y póngala bajo el grifo; mientras se llena, guárdese una cuchara en el bolsillo. Después, salga a la calle con ambos objetos y diríjase allá donde pueda encontrar a un político. Durante el camino, ingiera el agua. Una vez se encuentre frente al susodicho funcionario, espere a que el agua ingerida desee ser evacuada. Llegado ese momento, extráigale los ojos de sus cuencas con la cuchara y orínele en la oquedad. Ya verá lo que van a hablar los hechos. Igual hasta chillan un poco.

martes, 1 de julio de 2008

Huelguista malo, caca

Los malvados transportistas pretendían provocar la hambruna en la población, pero el glorioso gobierno socialista que vela día y noche por el pueblo español, lo ha evitado. Ha logrado convencer a los camioneros, esgrimiendo para ello argumentos de peso.

Señor transportista, esto son cosas de la coyuntura económica, de la desaceleración, y no por ello los ciudadanos de a pie deben pagar los platos, ya que ellos también sufren las consecuencias del alza de los combustibles, séame solidario maese camionero. Sea solidario como yo, que a causa de la crisis me he visto obligado a doblarme el sueldo de diputado para poder llenar el depósito del Mercedes tres veces por semana. Y es que los mejores putis están muy alejados del centro, oiga.

Quizás el problema reside en que la crisis ahoga a los camioneros hasta tal punto que la situación se hace por completo insostenible. Puede darse el caso de que a la población civil no camionera también le ahogue más de lo humanamente asimilable, en cuyo caso, debería reaccionar. Ahí al menos los camioneros se han movido. Saben que son un sector capaz de paralizar la actividad del país y lo aprovechan. Lástima que una vez puesto en marcha el comienzo del caos dejen las negociaciones en manos de los de siempre. De sindicatos no compuestos por transportistas sino por leguleyos que no recuerdan ya dónde está el embrague, a los que se la suda que el acuerdo sea bueno, malo o regular con tal de que haya acuerdo con que colgarse la medallita y después marginar a todos aquellos que no han decidido sumarse al él; miembros de sindicatos pequeños o inpendientes, o incluso autónomos no sindicados. A esos ya les pueden ir dando por el culo, que con un poco de suerte la policía ya les calentará las costillas.

Mientras tanto, sin estar tan ahogados como quien necesita el combustible como su propia sangre, los demás, que no vivimos precisamente como una estrella del pop (ya les presentaré al Chindas), ni siquiera nos planteamos la protesta. Formamos parte de una población dormida, aborregada, donde aquellos que se mantienen mínimamente despiertos son tan pocos y cuentan con tan escaso apoyo popular que cuando la policía los infla a hostias a nadie le importa. Alguno incluso, se alegra. Ya era hora de que les calentasen los morros a esos cabrones, que por su culpa llevo una semana sin poder merendar yogures.

Total, que la huelga acaba y todo vuelve a la normalidad. Y un producto sigue saliendo del campo, del agricultor, a precio de uno y llega al consumidor, tras el transporte, a precio de diez. Si lo que ganan los transportistas no les da para comer, ¿dónde queda toda esa enorme diferencia? Yo se lo diré, la cosa es muy simple y se llama pura y dura especulación. Alguien se queda con la parte gorda, convirtiendo en prohibitivos para muchos los precios de los productos más básicos. ¿Quién? Pues son los intermediarios, los especuladores y las grandes multinacionales los que se quedan con todo el pastel. O me estoy perdiendo algo, o esto es una cabronada, como diría la canción. Pero, atención, pregunta: si esto lo sé yo, que tengo una considerable tara mental, ¿creen que no lo saben los gobiernos?

Claro que lo saben, perfectamente además. Pero, ¿cómo van a hacer nada si viven de ello? Aparte de los ingresos que reciben del Estado en función a pretéritos resultados electorales, los partidos políticos reciben sustanciosas donaciones anónimas de particulares y, fundamentalmente, empresas. Esas empresas poderosas, las mismas que especulan, que trafican con el trabajo de obreros y campesinos, son las que controlan el poder. Porque no hay nada anónimo ni nada gratis en política.

Así que, señores transportistas, queridos agricultores, apreciados obreros, estimados conciudadanos en general: hagamos tantas huelgas como nos salga de los cojones, después dejemos las negociaciones a cargo de sindicalistas profesionales, meros tentáculos de la patronal, y por último acudamos a votar a aquellos que viven de los regalos de quienes nos obligan a ir a la huelga. Seguro que así se arregla todo. Si, si. Votando. Claro.

martes, 24 de junio de 2008

La puta de la cabra (de viejas, negros, niños y gorrones)

Tantas veces humillada, tantas veces autoridiculizada, tantas veces parodiada, y ahora van y ganan. Por una vez dejan de aburrir a las ovejas al ritmo que marcaba Jose Ángel de la Casa –Nadal para Abelardo... Abelardo para Alkorta... matojo rodante en el desierto... Alkorta para Nadal... – y le dan a la gente una alegría. Una alegría generalizada en la población que ni la política, ni la religión, ni la música... pueden soñar con lograr. Es algo que sólo puede conseguir el deporte; en España concretamente el fútbol.

Porque solo se trata se eso, de un partido de un deporte que llega a la gente. Esto no es una guerra, no hay patrias en juego, son dos equipos, y a nosotros nos ha dado por animar a los de rojo. Por la misma razón por la que uno anima al equipo de su pueblo, porque le pilla más cercano que los otros, aunque siempre hayan sido unos patanes.

Hay muchas razones para desear que pierda España. Darle en los morros a la puta prensa que tras meses de lujuria madridista se apropia de la selección cuando llega el verano; porque antes de empezar te enseñan a Su Majestad Gorrón y a sus patéticos ministros y secretarios viendo el partido de gañote en el palco, o para que se jodan los hijos de puta que llevan banderas con águilas a los partidos –algunos incluso las llevan bicéfalas, seguro que ignorantes de que nada tiene eso que ver con Franco, sino con el emblema imperial de Carlos V, pero explícale tu eso a un retrasado mental que bastante tiene con saber atarse los cordones blancos de sus botas militares.También por joder a tipos estúpidos o simples fascistas que ven un partido de la selección, con sus himnos y banderas, como una oda al pasado y una prolongación de sus majaradas de hipernacionalismo español.

Afortunadamente el himno no tiene letra; así nos ahorramos escuchar loas a la monarquía, vivas a la patria o llamamientos a las armas antes de un simple partido de fútbol. Se dice que los contrarios nos llevan ventaja porque oír como sus aficiones entonan las letras de sus himnos les eleva la moral, pero es en la inmensa mayoría de esos que, buscando el subidón con que comenzar el partido, tararean la Marcha Real con el mismo cachondeo que si fuese La Puta de la Cabra en una verbena, donde se encuentra la razón por la que quiero que gane España.

Esa razón sólo surge cuando te tomas esto como lo que es, un juego alejado de cualquier significado político. Un juego que lleva a una señora mayor, dos sudamericanos y tres barrenderos a saludarte puño en alto y sonrisa en la cara cuando les tocas el claxón mientras caminan por la calle tras una victoria largamente anhelada como la de Italia. O la que llevó a un negro clavado a Marcos Senna que veía el partido frente a la misma pantalla que yo a botar como un loco cuando Cesc marcó el último penalti. O a que un niño de diez años, que ni sabe nada de patrias ni falta que le hace, compartiese nervios con los que veíamos junto a él los últimos minutos.

Oyendo hablar ilusionado al niño noté mi miedo a esos últimos minutos, a que se repitiese la historia; auguré que los italianos nos ganarían en los penaltis y ví la imagen del niño, entonces nervioso como yo, llorando desconsolado cuando lo de siempre se consumase.

Pero esta vez el cuento cambió, y la gente explotó. Caminaba por la calle contenta, se sentían parte de un algo común, de esa sana alegría generalizada que solo el deporte puede provocar. Vale que las cosas siguen estando como el culo, que el gobierno es un desastre, el trabajo es una mierda, el sistema en general es una putada... pero todo eso seguiría siendo así con la derrota, así que había que aprovecharlo.

Y vaya si la gente lo aprovechó, identificándose con el héroe del partido, que es un chaval que parece un tipo normal de Móstoles que tiene nombre de Azpeitia o con el que ha sido tu mejor jugador, un señor de Sao Paulo al que el imperio, Franco y su puta madre se la sudan, pero que le echó dos cojones para hacernos gozar a muchos.

Mientras, merecen ser recordados también otros como él –negros–, que lo que le echaban era una desbordante imaginación en busca de un sueño mucho más cotidiano: conquistar Europa a su humilde manera. Tuvieron la mala suerte de no nacer con el don del fútbol en sus piernas, e intentaban infructuosamente colarse a través de la frontera ceutí aprovechando la coyuntura. Perdieron, pero nadie podrá eliminarlos y quizás hoy tengan otro partido.

Les dejo. Me esperan una cantidad indeterminada de cervezas, una camiseta colorada y, quién sabe, otra noche de brincos. Ganar es lo de menos. Estas cosas hay poder disfrutarlas al menos una vez, y ya lo hemos hecho; no seamos avariciosos. Hoy tan sólo espero que los que el otro día no pudieron vencer su eliminatoria contra la policía fronteriza ganen por goleada y se metan en Ceuta hasta la cocina. Y ojalá dentro de un par de años alguno acabe en un polideportivo con una camiseta roja gozándola porque, incomprensiblemente, unos millonarios en calzoncillos le acaban de proporcionar una tarde de subidones multiorgásmicos.

domingo, 15 de junio de 2008

La importancia de llamarse Amy Winehouse

¿Recuerdan a Ernesto de Hannover? Hace ya tiempo que no se habla de él, de sus borracheras, de sus resacas que le impedían acudir a sus actos oficiales, de sus meadas en las esquinas siendo grabado por las cámaras... Y si se comentó en su momento fue porque resulta extraño que la nobleza se pille semejantes ciegales en público en lugar de hacerlo en la sala de kinitos de La Zarzuela, no por otra cosa. En cambio, cuatro pelamingas con tres cartones de vino en un parque representan un problema de salud pública y ocupan medio informativo. Dónde va la juventud.

Otra que Dios guarde es la señorita Amy Winehouse, cuyo espectacular proceso de autodestrucción llegó a límites de mucha risa en Rock in Rio Lisboa, donde tuvieron que escoltarla dos morlacos, prácticamente sujetándola hasta que la dejaron junto al micro, preparada para su recital de imitaciones de gatos siendo deshollados. ¿Y a quién le importa? Son cosas de los artistas y de su vida desenfrenada. Mañana tendrá otro concierto y su discográfica seguirá haciéndose de oro con ella.

Trate de hacer lo mismo en su curro, ya verá donde acaba. Empieza por "en la pu" y acaba por "ta calle". Es lo que tiene no pertenecer a la beautiful people.

Otra british de su misma casta es doña Kate Moss, que se calza unas filas que aquello parecen las taquillas de Maracaná antes de un concierto del Fary con los Rolling, y hace que el personal se lleve las manos a la cabeza, pero a los cuatro días ya se la están rifando de nuevo para que promocione sus trapitos o sus perfumes. Eau de toilet Le Farlop, colonia directa a tu nariz.

Pero no hace falta ser famoso, basta con conocer bien el color de los billetes gordos para que se obren milagros tales como que la Guardia Civil espere dos horas para jhacerte un control de alcoholemia después de que te hayas llevado por delante a un chaval con su bici cuando ibas a doscientos por hora. Y por si fuera poco y como lógicamente das positivo, que confirmen tu declaración en la que aseguras que entre el accidente y la prueba te bebiste un cubata para calmar los nervios. Es más, cuando un fiscal intenta reabrir de nuevo el caso, el juez se niega. Lógico por otra parte cuando apenas hay pruebas y los delitos a tratar son cosas tan nimias cono conducción temeraria, corrupción policial y asesinato. El suceso del atropello estuvo correctamente encauzado y resuelto por la Justicia, dijo el juez.

Con la venia, señoría. Me voy a cagar en un tiesto y lo voy a llevar a la tumba de su puta madre. Para que vea lo que es encauzar y resolver correctamente un asunto.

Así pues, parece que no siempre es delictivo lo del alcohol al volante, ni según qué adicciones repercuten en el trabajo de uno o resultan dañinas para la imagen personal. Parece, en fin, que las drogas no son tan malas. Lo que es malo es ser pobre.

sábado, 7 de junio de 2008

Mayo

Fue hace cuarenta años. Un vendaval recorrió Europa durante un mes, y se hizo maravillosa tormenta de primavera en París. Caían grandes gotas de esperanza y la gente las recibía dichosa. La libertad les calaba hondo y les corría por la cara; la tierra mojada olía a cambio, a futuro.

Bajo los adoquines está la playa, decían. Levantaban el empedrado de las calles parisinas en busca de esa arena prometida; y cuando se encontraban con los pedruscos en la mano veían que bajo esos pedruscos había más cemento. Y en su indignación topaban con la policía y era a ellos, viles perros del Estado que les ocultaba la playa tras capas de piedras, de progreso y de capitalismo, a quienes lanzaban iracundos los adoquines.

Pero estaban seguros de que allí abajo, en algún lugar, estaba la playa, y de que serían ellos quienes la destaparan. Por eso seguían levantando el suelo, movidos por esa ilusión de cambiar el mundo. Fue el desprecio del Partido Comunista francés primero –llamaban a los estudiantes "hijos de la gran burguesía"– y su posterior creencia de que aumentarían su poder tras las elecciones que se prometieron convocar para recuperar la calma –errónea, porque De Gaulle arrasó de nuevo– lo que les llevó a mover sus hilos para frenar definitivamente las revueltas hace hoy justamente cuarenta años.

Pero entonces aún parecía que aquella generación, o alguna sucesiva, podría lograrlo. Cuarenta años después, no queda rastro del aguacero. Hoy las multinacionales que controlan los gobiernos que dirigen nuestras vidas ya se han encargado de borrar ese sueño. En ningún lugar del globo los jóvenes confían en protagonizar un cambio generalizado, hoy ya nadie se siente actor de una película en la que participa toda su generación y que, en su desenlace, va a cambiar el mundo; en su lugar la gente sueña con ser famosa, con mejores teléfonos, con grandes coches.

Cuatro décadas después de aquel vendaval el viento no es para nada favorable; muy al contrario, sopla con la fuerza de un huracán guiándonos irremisiblemente hacia el precipicio. Por eso es el momento de detenerse y pensar. Bajar de este barco y mirarlo desde fuera, con perspectiva. Mirarlo todo el tiempo que haga falta hasta concienciarnos de que necesita, cuanto menos, una nueva mano de pintura. Realmente necesita que le peguen fuego y hacer otro barco, pero hoy demasiadas manos que podrían prender la mecha están mandando mensajes con su móvil nuevo para poder entrar en un programa que les haga famosos y poder así comprarse un coche más potente. En el siglo XXI las grandes obras han de comenzarse en solitario; nuestro sino es pensar en esa primera y diminuta aportación que va a cambiar el mundo.

Es la hora, el cielo se agita de nuevo, se está nublando y huele a tormenta. Solo hace falta una leve brisa inicial que, al estilo de aquellos ocho estudiantes filoanaquistas de Nanterre, desencadene de nuevo el vendaval; pues incluso los caminos más grandes comienzan con un paso pequeño. Así ha de ser nuestro camino, avanzando, derrota tras derrota, hasta la victoria final.

Seamos realistas y exijamos lo imposible.

miércoles, 4 de junio de 2008

País lamentable precisa holocausto nuclear

España me necesita.

Resulta curioso lo que me ha llevado a alcanzar esta conclusión. Podría haber sido a causa de cualquiera de las múltiples situaciones bochornosas que abarrotan el día a día de un lugar plagado de sinvergüenzas donde nada importa salvo el dinero y la policía es más corrupta que los delincuentes. Pero qué esperar de un país que insiste en votar obcecadamente a políticos que quedan impunes tras provocar catástrofes naturales, que se bajan los pantalones ante caciquillos de pueblo por un puñado de votos, o que envían sin pudor alguno a su patético ejército a matar y hacerse matar a miles de kilómetros. Qué se puede esperar en un país que sigue teniendo un parásito como funcionario mayor del reino. Estas menudencias sólo pueden ocurrir en un país gobernado por imbéciles y controlado por fascistas donde un cabrón con pasamontañas le puede pegar un tiro al encargado de un peaje de autopista y ser alentado después por millares de hijos de puta. Las razones para salvar España, como ven, no eran precisamente pocas.

Pero el detonante final ha sido un correo electrónico. Fue un e-mail lo que me decidió a erguirme como salvador de la nación. A través de tan moderna epístola recibí una serie de fotografías que, supuestamente, los indígenas de este lugar utilizan para ligar por internet (?). Allí, junto a una rata que se parece a su dueño, o al revés, y una joven moza que acompaña, la pobre, su pretendidamente provocativa imagen con las frases toa sexy, toa porno, aparecían dos españolitos –orgullosos de serlo, probablemente– que demuestran cuán bajo hemos caído.

Llegan desde Carabanxel, son Morenikoh y su primo Kastañikoh, más conocidos como Pokeritoh y Flamenkitoh, también llamados er Alber y er Luismi, popularmente reconocibles como los 100% primitos, dos especimenes surgidos de la excelsa cultura popular española del siglo veintiuno, dos engendros cuya máxima aspiración en la vida supongo sea el quedar con unas Jennys en el polígono, hacer unos trompos y comerse unas rulas al ritmo que marcan los enormes bafles de sus bugas.

Podría ser generoso y considerar a estos dos deficientes como casos excepcionales, pero la aparición inmediata de un tipo –se me han acabado los adjetivos– que no se quita las gafas de sol ni cuando posa en bolas en la ducha y de otro retrasado mental –realmente me quedaba aún un adjetivo, pero lo reservaba para éste– que luce sus piercings semidesnudo junto a una bandera franquista, me hacen comprender que no es hora de ser benévolo. En realidad bastaba un poco de Diario de Patricia para ver que no. Que haberlos, haylos. Y a patadas.

España merece ser salvada. Hay que acabar con este circo. La Providencia ha querido que fuese así, y no puedo abstraerme al papel que me ha tocado jugar. Un país así pide a gritos ser borrado del mapa.

Lamentablemente no dispongo de armas de destrucción masiva con la potencia suficiente como para llevar a cabo mi gran obra –tras exhaustivos cálculos he concluido que una nube tóxica producida por mis adorados caparrones con berza resultaría insuficiente– pero conozco a alguien que en breve podrá proporcionármela, por lo que he decidido solicitarle ayuda. Ya tengo preparada la carta. Dice así:

A la atención del señor Mahmud Ahmadineyad, presidente de la República Islámica de Irán:

Siento irrumpir en su apretada agenda, sin duda repleta de importantísimos actos, tales como el apedreamiento de adúlteras o los ahorcamientos de maricones, pero no me queda más remedio que solicitar su ayuda para salvaguardar el escaso honor que aún pueda quedarle a mi amada Patria. Una ayuda que solo usted, mi estimado azote de Sión, honorable y modernísimo líder de tan antiquísimo y poderoso país, puede proporcionarnos.
Es por ello que le ruego tenga a bien obsequiarnos con alguna de esas bombas atómicas que, cual rosquillas, a buen seguro produce su pacífico programa nuclear, y merced a tan moderna tecnología nos mande a todos aquellos que moramos en esta mierda que se extiende entre Francia y Portugal, a tomar por el mismísimo culo. Ganado nos lo tenemos.

PD: Se ruega envíe su holocausto antes del comienzo de la Eurocopa. Quizás merezcamos ser exterminados, pero someternos a la tortura de tener que contemplar el juego de nuestra selección de fútbol es demasiado sádico.

Atentamente, un demócrata preocupado por su Patria.

Ya está. Que Dios reparta suerte y los ayatolás, plutonio.