viernes, 22 de agosto de 2008

Mártires de nuestro progreso

Quién iba a pensar que la búsqueda de alternativas al petróleo y sus derivados mediante el desarrollo de técnicas para el aprovechamiento como combustible de ciertos productos orgánicos, especialmente los cereales, iba a resultar algo tan trágico.

Pero así ha sido. El sistema occidental, el brutal capitalismo neoliberalista, capaz de convertir en detestable todo aquello cuanto toca, lo ha vuelto a conseguir y está generando ya uno de los mayores desastres de toda la Historia y, sin duda, el más infame de todos ellos, pues lo está haciendo de manera absolutamente consciente.

Para que nuestra sociedad pueda seguir manteniendo su exponencial ritmo de crecimiento y exacerbado consumismo, se utilizan para la fabricación de combustibles las plantaciones de cereal del tercer mundo, que hasta ahora eran las encargadas de mantener, precariamente y con dietas basadas casi enteramente en arroz o maíz, a la población autóctona de aquellos países.

El plan es matar de hambre a los pobres para que los ricos -o los que nos creemos ricos- podamos seguir viviendo un día más en el engaño. Si parásemos a pensar tan sólo un segundo en esa expresión, matar de hambre, desprovista ya de toda su fuerza por tantas veces como ha sido repetida, caeríamos en la cuenta de lo escalofriante de la situación; gente muriendo lentamente de inanición, y no precisamente porque no haya comida para todos.

Porque, al calorcillo de esta situación, aún emerge una infamia mayor. Especuladores que compran enormes cantidades de cereal, almacenándolos y traficando con ellos hasta que el mercado energético los requiera. Especular con el suelo, haciéndose rico a costa de que la mayoría de la gente tenga que endeudarse de por vida para tener un techo bajo el que habitar, es repugnante. Pero especular directamente con la comida básica de cientos de millones de personas, sabiendo que cada euro que cae en el bolsillo supone un hombre muerto de hambre, es la mayor de las perversiones, es algo que simplemente no es humano, propio de alguien indigno de ser llamado hombre. Deberían crear una denominación nueva para esa raza de seres a la que dentro del costillar les late un fajo de dólares. Hasta que la inventen me conformo con decir que son los mayores hijos de la gran puta que hollan este planeta, con perdón de sus madres y de sus veinte padres.

Y así la rueda gira, nosotros podemos tener un coche más potente, ellos son mucho más ricos aún, y la gente que muere está lo suficientemente lejos como para no importarnos una mierda.

Aún no han hecho nada, pero cuando se vean morir, puede que lo hagan. Quizás mañana la turba despierte enfurecida. O quizás el hambre no les haya dejado dormir y ni siquiera deban despertar; y con el amanecer los parias de algún recóndito agujero asiático, africano o sudamericano caminen con antorchas en las manos y una llama aún más fuerte en sus enfurecidas pupilas y arrasen con todo lo que encuentren a su paso, comprobando lo que realmente vale el poder de un gran especulador cuando tiene un machete hendido cuatro dedos en el cráneo.

Y ojalá le cojan el gusto y despuñes se vengan a por nosotros, que no les robamos directamente su pan de cada día pero sabemos, o sospechamos, que hay otros que si lo hacen. Y no sólo lo consentimos, sino que lo fomentamos con nuestro infame modo de vida.

Aunque ojalá fuesemos nosotros mismos los que, sin necesidad de que una horda de muertos de hambre cruce el río Bbravo o el estrecho de Gibraltar y se coma nuestros sesos decidiésemos revelarnos contra todos esos hijos de la gran puta que nos engañan para convertirnos en cómplices absolutos de sus viles asesinatos en masa. ¿Cómo? Levantar el pie del acelerador consumista puede ser un primer paso...

jueves, 7 de agosto de 2008

El Diablo entre obispos

La historia es más o menos así: Yahvé, Dios de pueblo de Israel, les envía a su hijo, el Mesías. Los judíos –quizás más ocupados preparando las bases de su sistema de prestamismo usurero que daría origen a la Banca o construyendo tanques para aplastar niños palestinos dos mil años después– no solo ignoran al enviado, sino que lo entregan como un malhechor a los romanos, la autoridad militar. Éstos, como quien no quiere la cosa, le crucifican. Algunos israelitas, que han sido discípulos del Enviado, se separan de la comunidad religiosa judía y fundan su propia religión, el cristianismo. Abreviando un poco: los cristianos van y se organizan en diversas comunidades y ponen a sus líderes, a los que llaman obispos, al frente de ellas. Esta jerarquía se va distanciando poco a poco de los creyentes llanos, que siempre hubo clases y clases. Y en esas el más importante obispo, el romano, va aumentando su poder con los años, y como mandar mola un huevo, se inventa un documento, el Edicto de Constantino, que justifica la unión de sus poderes religioso y civil. Solo habían hecho falta trescientos añitos de nada y ya estaba montada.

Después queman unas cuantas brujas, se van a América, esclavizan unos cuantos indios, discuten sobre si los negros tienen o no alma aprovechando mientras para esclavizarlos un poco también –por si acaso– y, a su regreso, entre otras cosas no menos humorísticas que éstas, ignoran el holocausto nazi –a fin de cuentas, los judíos habían matado a su dios al principio de todo esto, ¿no?– y apoyan un golpe de Estado en España identificándose totalmente con la posterior dictadura. Luego, cuando se les acaba el chollo porque el dictador la palma, se montan una emisora de radio y, para no desentonar con toda esta trayectoria anterior, ponen a Satanás al frente de su programa estrella.

Ladys and gentlemen, con ustedes... Federico Jiménez Losantos. Confieso que cuando me refiero a este tipo no hablo con un profundo conocimiento de causa, pues el mero hecho de escucharle me produce sarpullido y rara vez, cuando sin pretenderlo me topó con su voz, consigo aguantar más de dos frases de su provocador e incendiario discurso que busca avivar las llamas de un nuevo 36 y gusta de lanzar arengas a la población. No debe ser inusual escucharle incitando a las masas a pinchar condones en los supermercados, a delatar a sus vecinos por practicar la masonería, o por ser vasco, pelirrojo, moro o socio del Rayo Vallecano. La cosa es que no pare la fiesta.

En otros casos, como el de la Educación para la Ciudadanía, tiene la ocurrencia de llamar a la abierta desobediencia civil.
Imagino que la asignatura será alguna mierda propia del gobierno sociata español, quizás no la peor de cuantas perpetra. Eso es lo de menos. Importa más es el penoso hecho de que ésta sea la única causa que incite a la población a retar al Estado, con la tristeza añadida de que el instigador de la rebeldía sea quien es, la cara más visible del fascismo del país.

Fede, adalid de la libertad, defensor de la Patria, azote del marxismo, convencido demócrata, nuevo guía espiritual del Imperio y garante de la unidad de todas las Españas; el don Pelayo de los tiempos modernos, un auténtico Cid con micrófono, siempre bordeando los límites del fascismo, pero con la habilidad necesaria para mantenerse siempre dentro de él. Para qué salir de ahí si los obispos le pagan bien por emular al demonio en las ondas.

Hace tiempo leí un artículo dedicado a tan ilustre personaje en el que se hacía referencia al atentado que Terra Lliure –un grupo terrorista nacionalista catalán, hoy afortunadamente desaparecido– perpetró contra el susodicho, y que creó le dejó cojo y provocó su marcha de Cataluña. Fiándome de mi mala memoria creo recordar que decía algo así: “...los de Terra Lliure te tirotearon. Fueron crueles contigo, pues te dispararon en la pierna. Debieron haber apuntado al corazón, pues careces de él...”
Mejor a los huevos.

miércoles, 30 de julio de 2008

Euskadi Ta Askatasuna III: Desde el Oja con amor

Los productores de El Señor de la Capucha y La Comunidad del tiro en la nuca, y los guionistas de Los Dos Zulos les traen la definitiva entrega con que culmina mi trilogía terrorista, tras la que se deja meridianamente claro por qué usted es potencial objetivo etarra.

Recapacitemos, si es usted juez o concejal, usted es objetivo de ETA; también si es guardia civil o rey de España –en ese caso, además, haga el favor de salir de mi blog–. Pero también si usted es un obrero o un taxista, si es lateral derecho del Numancia, si es un ama de casa de Huelva con la facciosa tendencia a cocinar bacalao al pil pil o una peligrosa niña de catorce años. En todos estos supuestos es usted un opresor potencialmente asesinable por un retrasado mental de entre veinte y veinticinco añitos que la mayor opresión que conoce es al Estado gravando el whisky con impuestos como artículo de lujo y obligándole, puesto que no le llega la pasta, a echar litros de kalimotxo.

Hoy, por una vez, dejaré de enumerar enemigos de los primos gudaris e, inopinadamente, Bilis abrirá sus glándulas secretoras a la poesía. La escribe un tipo de Arnedo, de nombre Ángel Mª Fernández, y ha llegado hasta mí debido a que aparece gratuitamente publicada en internet en un recopilatorio de poesía riojana llamado Materia Prima.

No sé si publicándola en mi grotesco blog vulnero algún copyright o ley de propiedad intelectual, pero, como ustedes comprenderán, después de cagarme en todos los muertos –creo que no lo había hecho aún, así que ahí va, de gratis– de una secta de asesinos, no es momento de andarse con menudencias ante la SGAE de Teddy Bautista. (Aprovecho la coyuntura para recomendar a todo aquel que pueda temer represalias por parte de la SGAE a que reflexione un par de minutos acerca de qué temor le causaría un personaje que combinase el nombre de un osito de peluche con el de un profeta judío, por ejemplo, Jeremías de Pú o Winnie de Arimatea. Pues eso.)

El poema se llama Torres Gemelas y aquí está, dedicado a todos los hijos de puta que alguna vez han matado u ordenado matar en nombre de un dios, una raza o una patria:

En mi guarida francesa lloré
de patetismo; pobre,
creíame un terrorista auténtico,
un auténtico coloso del horror,
matón, un asesino.

Dónde mis kilos de goma dos, dónde
mis pistolas, explosivos.
Dónde el desprecio a mis hermanos,
dónde mi mala leche,
dónde mi rencor, mi escepticismo.

Dónde la recopilación de datos,
el espionaje a mis vecinos
dónde, me pregunté sobrecogido;
y en mi guarida francesa, enano,
lloré de patetismo.

martes, 29 de julio de 2008

Euskadi Ta Askatasuna II: Misión Puerto Urraco

Solo los perros guardan sus cosas en agujeros cavados en el suelo. Finalmente, y gracias al aval que les dan cuarenta años de experiencia, los perros llegaron a dilucidar que la libertad se alcanza metiéndole una bala en la nuca a un obrero del peaje de las autopistas.

Nadie –yo, pobre paleto, menos– sabe cómo ni cuando acabará esto. Particularmente tengo una opinión bastante favorable con respecto al derecho a la autodeterminación de los pueblos, y aunque creo que el problema no es qué Estado te controle, sino que uno lo haga, pienso que nadie debe estar a disgusto en un lugar. Si quieren la independencia –la mayoría, no sólo los que tienen las pistolas–, pues que se la den. Poco me importan las repercusiones económicas que eso pueda traer; al fin y al cabo puede que la gente normal siga viviendo de forma similar y ni tengo ni puta idea de macroeconomía, ni me importan un bledo los beneficios que las grandes compañías puedan o no obtener.

Pero una cosa es la independencia –mañana mismo– y otra es la amnistía generalizada que también piden. No hablamos de delitos políticos, sino de asesinatos de gente inocente. Porque, cuarenta años después, los culpables no son ni amas de casa, ni emigrantes, ni niños; ni siquiera un pobre pringao concejal de un partido de derechas. Hoy los opresores fascistas son ellos y en ningún caso deberían quedar impunes.

La política no puede ni debe apaciguar a la Justicia. Y si la Justicia con mayúsculas, esa que vive en los tribunales y es la menos justa de todas las cosas, no vale para nada, tampoco estaría mal que algunos de los interesados decidiesen equilibrar un poco la balanza en la que se miden el pueblo y los terroristas. No con algo como esa abominable secta fascista organizada desde el Estado que fueron los GAL, sino con un movimiento de venganza individual en el alguien decidiese echarse al hombro una escopeta de caza y, aprovechando que los pueblos son sitios pequeños donde habitualmente los familiares de las víctimas sufren la humillación de conocer, impotentes, a los que le arrancaron al padre o al hermano, se pegue un homenaje de plomo y pólvora a su costa, convirtiendo un caserío repleto de gudaris con pasamontañas en un pequeño Puerto Urraco.

Ansío el día en que un desquiciado me alegre de este modo el desayuno. Y es que, en algunos casos, como en el Ignacio De Juana Chaos, la cosa la tienen sumamente fácil, ni siquiera deberían buscar muy lejos, pues el ridículo Estado español, no contento con salvarle la vida cuando el asesino decidió chantajearlo en forma de huelga de hambre, ahora le permite instalarse y pasear impunemente por el barrio en que viven las familias de varias de sus víctimas.

Lo de dejarle morir de lenta y dolorosa inanición no hubiera sido un mal invento, pero aprovechando el consejo del refranero que nos asegura que no hay peor cuña –o mejor, depende para qué– que la de la misma madera, a este asesino orgulloso de serlo debería reservársele una muerte rápida, pero inesperada y desquiciante, para que conozca de cerca el miedo durante el escaso segundo que le quede desde que el frío cañón de una pistola roce su nuca hasta que la bala despedace su cráneo.

lunes, 28 de julio de 2008

Euskadi Ta Askatasuna I: Gora Antena3

Escribo hoy sobre algo que no he visto. Ni veré. Y no lo haré porque me da verdadero asco que hayan podido llegara a emitir por televisión algo así, pero me permito repudiar a quienes utilizan un asesinato, como ya hicieron con otra serie sobre el caso Wanninkoff, en busca de un morbo atraiga a la audiencia. Seguro que a la gente también le gustaría ver una miniserie que ilustre el momento en que decenas de primates violaron a la madre del director de contenidos del dichoso canal. A mí por lo menos me encantaría, veremos si también les da por producirla.

Todo esto viene a cuento de que algún productor engendrado por babuinos ha decidido hurgar en las cuarenta y ocho horas que el concejal Miguel Ángel Blanco estuvo secuestrado antes de ser ejecutado por ETA. Por si la cosa tenía éxito, los del hacha y la serpiente ya preparaban una segunda parte con idéntico argumento.

Evitar el olvido de las víctimas o fomentar la unidad frente al terrorismo son algunos de los argumentos argüidos para justificar la serie. Pero no es necesario alimentar el morbo, ni orear cada víctima anterior cada vez que esos hijos de puta nos sacuden con otro atentado, y mucho menos hacen falta repelentes producciones de este calado para que la gente sea consciente de lo que es ETA.

Esos tipos, que comenzaron abanderando desde el País Vasco la lucha contra el dictador fascista que, entonces sí, oprimía con crudeza a todo cuanto se le oponía, hace tiempo que perdieron el norte.

Porque el dictador murió –en la cama y no emulando a Bubka como su Almirante, por desgracia–, y a pesar de que afortunadamente se normalizó su lengua, y de que se institucionalizó su bandera y obtuvieron una serie de prebendas en forma de renovación de viejos fueros que dejaban al resto de ciudadanos como un segundo nivel y construían un Estado absurdo y clasista con la sola intención de mantener su ficticia unidad, ellos no se dieron por aludidos.

En la dirección etarra decidieron hacer claudicar a ese Estado mediante asesinatos en masa. Y así se vengaron de las señoras que les oprimían haciendo la compra en el Hipercor, de los currantes que coartaban su libertad esperando al autobús en la Plaza de la República Dominicana, o de los bebés fascistas que dormían en la Casa Cuartel de Zaragoza... Todos ellos, sin lugar a dudas, culpables de todos los males del pueblo vasco.

Después, y quizás recapacitando sobre los escasos frutos de tan heroicas acciones fueron variando la estrategia, desmembrando niñas, acribillando a profesores de universidad o sepultando ecuatorianos que esperaban a la familia en un aeropuerto y que, por supuesto, también eran cómplices de la opresión franquista; no sin antes pasar por el poco innovador método en el que un cónclave de ratas se atribuye la posibilidad de dictar condenas de muerte y ordenar a un grupo de retrasados hijos de la gran puta que las ejecuten.

Maravillosos argumentos para otras películas, si señor. Gora Antena3.

martes, 22 de julio de 2008

Almas hechas de sueños

El día en que la turba acaudillada por un tipo calvo con perilla y bigotillo, de nombre Vladimir Ilianov, también llamado Lenin, se afeitaba hasta el último caniche del zar en el Palacio de Invierno de San Petesburgo, en la lejana Ucrania los encargados de la barbería eran los amigables camaradas del Ejército Negro, genial nombre para una guerrilla anarquista que habría de tratar de socavar todo el orden occidental establecido.

Al frente de esta manada de locos ucranianos estaba el campesino Néstor Makhno –o Majno, en la siempre complicada traslación del cirílico al alfabeto latino–, que consiguió en tiempo récord hacerse con el control de buena parte de la gigantesca Ucrania, sumiéndola en la utopía anarquista. Después, y con tan excelso bagaje a sus espaldas, Majno acudió a Moscú a entrevistarse con el hombre fuerte de los bolcheviques, el citado Lenin.

Las posiciones en la entrevista se revelaron distantes, cuando no opuestas, y a pesar de que Lenin prometió respetar a los anarquistas, cuando tuvo el suficiente control del poder y éstos ya no le fueron útiles, inició una violenta persecución. Majno tuvo que huír a Rumanía, y desde allí inició una penosa peregrinación por Europa que lo llevaría hasta París, donde ayudado por el movimiento anarquista francés pasaría sus últimos años. El héroe revolucionario terminó sus días enfermo de tuberculosis y viviendo como el humilde trabajador de la Renault que era.

Antes de morir, Majno se entrevistó con un joven leonés llamado Buenaventura Durruti, que posteriormente sería una de las caras visibles de la revolución anarquista de Barcelona en el día siguiente a la sublevación militar con que comenzó la Guerra Civil española.

Desconozco en qué términos se desarrolló aquella charla, pero quiero creer que las hazañas de Majno calaron en Durruti, o que el joven entusiasmo de éste elevó el ánimo del enfermo ucraniano, al reconocer en el español la llama viva de su sublevación libertaria.

Esta llama prendió con fuerza el 19 de julio de 1936. Hace ahora poco más de 72 años, Barcelona se sublevó contra los golpistas y los anarquistas se adueñaron de la ciudad. Cuando cuatro anarquistas entraron en el gobierno republicano –tras años de marginación y gracias a que controlaban enteramente la segunda ciudad del país, todo sea dicho–, Buenaventura se temió que podían querer encadenarlo a una cartera a él también; tomó su fusil y puso rumbo a la capital.

La Columna Durruti fue liberando Aragón, y a su paso los pueblos se le sumaban efusivos y las colectivizaciones anarquistas surgían como setas. Tras este triunfal camino alcanzó Madrid, donde una bala lo hirió de muerte cuando combatía en la Ciudad Universitaria.

Días después, una multitud tan grande como nunca antes se había visto en la ciudad, invadía Barcelona. Se movía como un único y convulso ser. Nadie organizaba, nadie dirigía, era el pueblo el que inconscientemente guiaba los pasos del ataúd. Finalmente se lograba el propósito de alcanzar el cementerio. Había sido un cariñoso y exitoso último viaje en un entierro sin gobierno alguno, la pura anarquía. En la caja, mecida por el gentío como un velero en el mar, un hombre con el cuerpo forjado a base de terribles realidades y con el alma hecha de sueños.

martes, 8 de julio de 2008

Pollo frito con ensalada de hostias

Continuando mi cariñosa diatriba sobre los progres que comenzaba ayer, hoy quiero dedicar unas breves líneas al que puede que sea el más lamentable de estos espantapájaros. No me refiero a otro que al señor Ramoncín.

Hará ya un tiempo prudencial que alguien tuvo a bien invitar a Ramoncín a dar una conferencia sobre la movida en un auditorio de Logroño. Ya saben, todo es cíclico, y la movida también se ha vuelto a poner de moda. Ahora sólo espero con ansia a que se repita lo de la Ruta del Bakalao, a ver si veinte o treinta mil pastilleros se estampan en la A-3 con sus coches y nos libran a los demás de tener que sufragarles las medicinas cuando, a los cincuenta, las mierdas que se meten les hagan cagarse encima. Pero aún queda tiempo para eso, y antes de que llegue el turno de un segundo ciclo bakalaero aún deben ponerse de nuevo de moda el heavy metal y las guillotinas.

Pardiez. Voto a Chimo Bayo que me despisto. Volvamos a la charla. Comenzó nuestro héroe contando sus anécdotas, sin duda de gran calado intelectual, como todo lo que éste gigante de la comunicación hace; tras cada una de sus frases un lugareño ataviado con una chupa de cuero que se encontraba sentado en la última fila, se levantaba y aplaudía emocionado, elogiando al personaje en cuestión.

Pero súbitamente, el tipo de la chupa cambió de opinión, y a cada comentario del ínclito orador se levantaba y, para alborozo general, dedicaba exhaltadas respuestas del tipo “¡mentira, eso es mentira!” o “¡no tienes ni puta idea!”.

Al final, y como no hubiera resultado muy progre el mandar callar a un tipo al que minutos antes reías las gracias mientras él te profesaba admiración, el señor Ramoncín tuvo que dar por concluída su charla, siempre con esa sonrisa franca en la boca que con tanta naturalidad acostumbra a lucir.

Es una lástima que el final fuese tan precipitado, o quizás es que los focos de tanto programilla de cutrevisión como el señor don Ramón suele –o solía, gracias a Dios, frecuentar– le hayan hecho perder la memoria, porque sino hubiese sido de no pocas carcajadas hacer un pequeño pero ameno recordatorio de una visita de nuestro héroe a tierras riojanas, lo cual, encontrándose entre nativos de ese lugar, sin duda le hubiese supuesto un caluroso reconocimiento.

La anécdota a la que me refiero sucedió en los maravillosos años ochenta, cuando la gente rural aún vivía semiembrutecida y lo ignoraba todo o casi todo de las modas acontecidas en los Madriles. Érase que se era el señor Ramoncín cantando sobre el escenario de la simpar localidad de Alberite, en la riojanísima cuenca del río Iregua, cuando, azares del destino o prodigiosa imaginación de artista contemporáneo, al divo se le ocurre evacuarse en mitad de su actuación. Así que, ni corto ni perezoso, extrae su órgano reproductor por la cremallera de sus pantalones de cuero y como, oh maravillas de la naturaleza, resulta que el mentado aparatillo es multifuncional y además de leche condensada sabe producir otras cosas, pues allá va el señor Ramoncín orinándose en el respetable desde lo más alto del tablado.

Entonces, imprevisiblemente, una horda de aldeanos movidos por su cateto entendimiento que no les permitía alcanzar a comprender el sublime grado artístico que se logra cuando un mierdaseca se te orina encima, deciden completar la velada, y freír definitivamente al señor Pollo.

Lamentablemente, y como se puede comprobar viendo que veinte años después aún estaba en perfecto estado de revista y de nuevo en La Rioja dispuesto a que un punkarra se riese a gusto de él, don Ramón pudo escapar. Pero cuentan voces autorizadas, a las que la anécdota ha ido llegando de cuadrilla a cuadrilla sin duda como uno de los acontecimientos que en más alta valía ponen a los habitantes de Alberite, que aquella noche de fiestas y concierto, Ramoncín tuvo un banquete completito. Él puso al rey del Pollo Frito y las gentes del lugar lo acompañaron con una ensalada de hostias.