jueves, 18 de septiembre de 2008

El lado oscuro (¡y no es el ojete!)

Hoy hablaré de él. Al fin unas líneas para mi mayor enemigo -el mío, como maestro Jedi que soy, y el de cualquier humano o androide de protocolo que no haya caído definitivamente en el Lado Oscuro-. Retirado como está de la dirección de su partido fascista, ahora se dedica a llevar el timón de la no menos fascista fundación que preside, lo que redunda en que todas sus apariciones públicas se cuenten por patéticos ridículos. No se llamen a engaño -que es un nombre muy feo-, es exactamente lo mismo que hacía durante los dos mil días largos que estuvo en el poder. Hablo, cómo no, de José María Aznar, alias Ánsar, alias Hitlercito, alias El Mierda.

Ése hombre.Interrogado acerca de la famosísima foto en que aparece junto a Tony Blair y George W. Bush mientras el viento de las Azores mece su ridículo flequillo, el susodicho -cuyo nombre procuraré no repetir, ya que una excesiva reiteración de las letras A, Z, N, de nuevo la A y R en el ordenador puede provocarle cáncer de teclado- tuvo el valor, la poca vergüenza, la indignidad y la cara dura; pero sobre todo la incultura, la chulería y la estupidez, calificativos que suelen andar de la mano cuando de los miembros de la clase política se trata, de calificarla como -sujétense los ojos dentro de las cuencas, no vayan a caérseles al leer semejante blasfemia- "el acontecimiento más importante en la historia de España en los últimos doscientos años".

Y después de decir esto, imagino que el hijo de la gran puta -perdónenme, pero tan sólo soy capaz de omitir la escritura de su nombre mediante adjetivos que, por razones abvias, no pueden ser muy agradables- se quedaría tan ancho.

Obviaré la cantidad de hechos trascendentales, buenos o malos, para la historia de España que han sucedido en los últimos dos siglos (una Guerra de Independencia, dos repúblicas y sus respectivas restauraciones monárquicas, excepcionales generaciones literarias, organización de grandes eventos a nivel mundial, la participación de Ana Obregón en El Equipo A, revoluciones obreras, golpes fascistas... ¡una Guerra Civil y cuarenta años de dictadura!) y me contentaré con decir que si el hecho de mandar a tus soldados -que son los únicos que no pueden quejarse de que los manden a morir allí donde nada se les ha perdido, que hubiesen elegido un oficio decente: agricultores, albañiles, barrenderos o prostitutas, por ejemplo- a matar inocentes por iniciativa de un genocida con el mismo cerebro que un tarro de mantequilla de cacahuete, le parece a este imbécil un "importante acontecimiento", sobra todo lo demás.

Recapacitando un poco, creo que quizás deba dejar de lanzar mis esputos bílicos contra este personaje, ya que probablemente sea un tarado o, directamente, un estúpido, que no merece otra cosa que la piedad de aquel que se tenga por buena persona. La piedad y la reflexión, porque resulta patético pensar en qué país vivimos; un país en el que este tipejo ostentó el poder durante ocho años -cuatro de ellos de manera cuasi absoluta-, y en el que probablemente hubiese sido reelegido para continuar con sus cacicadas por tercera vez si se hubiese presentado; a pesar de sus engaños, sus infamias y sus desprecios hacia la inteligencia de la poblaciós española y de la vida humana en general, sobre todo si esta es la de un pobre iraquí. Vida mucho más respetable, por cierto, que la inteligencia de todos los españoles que en su día le votaron.

Así que, en aras de la piedad, culminaré mis vomitivas líneas de esta semana con un jocoso e instructivo chiste de esos de van un inglés, un francés y un español:

-En mi país -espeta el inglés- nació un niño sin piernas, le implantamos un ingenio británico y ahora corre los cien metros en diez segundos.
-Eso no es nada -replica el gabacho-. En mi país nació un niño sin brazos, le implantamos un ingenio francés y ahora gana torneos de tenis.
-Eso si que no es nada -zanja, al fin, el español-. En mi país nació un niño sin cabeza, le implantamos un melón y estuvo ocho años de presidente del gobierno.

Un melón, un puto melón con bigote.

jueves, 11 de septiembre de 2008

God save America

Siete años, siete. Siete años desde el día D, la hora H. Desde que los Estados Unidos, convertidos desde hacía muchas décadas ya en los patrulleros voluntarios del planeta, asumieran pública y unilateralmente el papel de gendarmes del Universo. Como He-Man, pero con pantalones, vamos. Siete años desde el mayor atentado terrorista de la Historia. ¿O no?

Eso depende de lo que entendamos por terrorismo. Como ante una palabra tan tristemente asentada en nuestro lenguaje cada persona ofrecería, seguramente, una definición propia y distinta a la del resto, me limitaré a citar la que recoge el diccionario, que cataloga al terrorismo como la “sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror.”

Con esto la Real Academia me acaba de hacer una gran putada. Si me fío de ella, lo del 11 de septiembre no es para tanto. Entiéndaseme, es una enorme barbaridad, propia de hijos de la gran puta a los que deberían ahorcar con sus propias tripas por ser capaces de ejecutar a un ingente número de ciudadanos inocentes. (Alguno habría que fuese un auténtico cabrón, imagino. Probablemente muchos, porque las oficinas de las grandes multinacionales no suelen estar pobladas por las cuadrillas de amigos de San Francisco de Asís y Gandhi; pero a la gran mayoría de los que murieron allí ahora hace siete años debemos considerarlos víctimas del todo inocentes).

Lo de que el 11 de septiembre no es para tanto se refiere a que, ni con mucho, fue el mayor acto de violencia buscando generar terror de la Historia. Porque ha habido otros muchos actos criminales que han causado más víctimas que el derribo de las Torres Gemelas: Srebrenica, los serbios matando musulmanes, 8000 muertos; Filipinas, los japoneses aniquilando ciudades enteras en plena desbandada ante la inminente derrota en la Segunda Guerra Mundial; campos de concentración nazis, los rubios fumigando judíos o gitanos, millones de muertos…

Y no solo perpetrados por los malos oficiales de la Historia, que los buenos también tienen ganas de hacer pupita de vez en cuando. Los negreros ingleses en África, las huestes de sus católicas majestades de España en Latinoamérica, la caballería blanca en las llanuras del Salvaje Oeste… incluso los mismísimos Estados Unidos de América, lejanos ya aquellos tiempos en los que debemos perdonar sus excesos pues estaban entregados a su divina misión de conquistar a ritmo de rifle la nación para la que habían sido predestinados, hacen a veces alguna cosilla malvada.

¿Les suena donde caen Iraq, Vietnam, Afganistán, Guatemala, Hiroshima o Nagashaki? No son complejos residenciales que han visto alguna vez ojeando catálogos de Marina D’Or o Polaris World. No, no, no. Vienen siendo sitios donde a los yankees les dio un día por montarse unas barbacoas a base de nativos.

De aquí se puede deducir que los gobiernos, jamás, jamás, jamás, practican terrorismo ni nada que se le parezca; pues matan con nombres mucho más glamurosos, como acciones llevadas a cabo en pro de la instauración de la democracia y cosas así.

En conclusión, que la violencia desatada contra la población indefensa tan sólo se llama terrorismo cuando la ejercen un grupo de fanáticos miserables; no cuando los causantes visten de traje, se sacan fotos con niños o perpetran pantomimas democráticas. Un Estado jamás es terrorista. Ni los serbios lo fueron, ni los nazis lo fueron, ni los americanos lo fueron, lo son, ni lo serán.

Y una mierda como el sombrero de un picador. Me cago en mi puta propia teoría. La diferencia está en que llaman –llamamos– terrorismo al asesinato cuanto éste se lleva por delante a uno de los nuestros. Y digo de los nuestros porque en este concepto los europeos estamos tan metidos en el saco como los yankees. Los nuestros son los occidentales o, mejor aún, los ricos. Cuando cae un tipo con chaqueta y corbata, es terrorismo; cuando muere uno con el culo al aire es limpieza étnica si lo hacen gentes malvadas o un daño colateral si lo hacen los buenos. Y con ese miserable lenguaje asumido como propio convivimos. Palestina es terrorista, Israel tan sólo se defiende. Los zapatistas son terroristas, el ejército mexicano mantiene el orden. Y así sucesivamente…

Acabaré ya, porque basta de pensar por hoy, que luego duele, y con este rato escribiendo creo haber evitado suficientemente la contemplación hasta el vómito de miles da banderitas con barras y estrellas. Me abro citando un pasaje de John LeCarré (que es un tipo que escribe unos libros de espías cojonudos, en los que, al parecer, pudiera llegar a darse el caso de que la peña tipo James Bond no resultase ni tan guapa ni tan buena como aparenta, y que en realidad los irremisibles amos de nuestras vidas sean unos hijos de la gran puta):

–¿Morirá mucha gente, papá?
–Solo extranjeros, hijo.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Real como la vida misma

“Nunca se sabe lo que puede hacer saltar a un hombre” dice el mejor pasaje de uno de mis libros preferidos.

Nada hacía predecir que Chindasvinto, un tipo normal con un nombre de rey godo normal y una puta vida normal, como la de todos –estudios ridículos en universidades absurdas, trabajos temporales, hipotecas, telebasura, un poco de mala hostia y un mucho de humor con pacharán para sobrellevarlo todo–, fuese a saltar aquella tarde.

Había aguantado en su sofá, estoico, viendo pasar ante sí la LOU, la guerra de Irak, la boda del Príncipe, el Prestige, las pateras, a ETA y al 11M, la deslocalización empresarial, a la infinita variedad de Salsas Rosas y la imparable subida de todo, excepto del equipo de su pueblo, que para rematar la faena había bajado a séptima regional. Y después de tales precedentes, tuvo que ser la magia de la radio la que activase el resorte.

Encontrábase el susodicho tumbado en su cama, buscando una emisora con la que sestear un poco, cuando tuvo la ocurrencia de detener el dial en un punto concreto. Sonaban las últimas estrofas de un temazo de Chenoa. Pa cuando tú vas yo vengo de que me metan otra polla en el culo y me por eso me ha engordado kilo y medio más... y patatín patatán. Todo iba lo bien que puede ir una canción de este tipo cuando, repentinamente, sobrevino el caos.

“¿Quieres vivir como una estrella del pop?” –espetó una voz melodiosa. Sin tiempo para plantearse si realmente deseaba compartir peripecias vitales con Enrique Iglesias, la radio atacó de nuevo su sistema neuronal. “Nueva Visa Cadena Dial, con ella podrás vivir como tus ídolos”
No había acabado de asimilar semejante proposición cuando llegó el colapso. “Fridom Fainans –anunció la voz de un locutor que, pese a estar probablemente más cerca de los cuarenta que de su primera paja, utilizaba un lenguaje tan moderno y juvenil que el inexperto oyente fácilmente podía confundirlo son un efebo adolescente– te ayuda en tus gastos cotidianos, para que puedas darte unos caprichitos y llegar tranquilamente a fin de mes. Tan sólo tienes que enviarnos la factura de lo que quieres que Fridom Fainans te ayude a pagar al apartado bla, bla, bla.”
¿Es cierto lo que oigo? ¿Acaso Chenoa me ha trastornado hasta el punto de que ya no puedo confiar en mis sentidos?

En estas que llama una tía, encantada ella de que la radio le pague los vicios y que había enviado ya su facturita y empieza una jocosa charla que no podía sino acarrear imprevisibles consecuencias.

Que qué quieres que te subvencione el programa, que si unas compritas de ropa, algo de bisutería y lencería que hice ayer, que si eran bragas o tangas, pues eran tangas, pues uy que pillina; que si para estar tan jodida de dinero que mandas las facturas de tus bragas a la radio tienes gastos bastente ridículos pedazo de puta retrasada, que si mi madre ya me lo dice, que tengo demasiados caprichos... pues nada, que si vienes en menos de media hora a la radio, Fridom te lo abona todo, guapa. Todo ello coreado por el delegado provincial de Fridom Fainans y por otra histérica y juvenil locutora.

Para una mejor comprensión de todo lo que el Chindas llevó a cabo después, aparte de todo lo anteriormente descrito acerca de su persona es de ley mencionar dos pequeñas peculiaridades suyas: una, que el Chindas, para desconectar de su trabajo tiene el peculiar hobby de tejer cuerdas de esparto de tres pulgadas de espesor; y dos, que, ¡oh, milagro! vive puerta con puerta con el estudio central de la emisora de marras.
Fue por tan plausibles coincidencias, que el Chindas esperó la media hora pertinente, se dirigió calmado hasta el estudio y ahorcó al locutor juvenil, al delegado de Fridom Fainans, a la de los comentarios jocosos, a la de las facturas de las bragas, y a su puta madre. Porque nunca se sabe lo que puede hacer saltar a un hombre. Ni siquiera a uno tan acostumbrado a vivir las cosas con resignación y relajarse tejiendo sogas de esparto como el Chindas.

lunes, 25 de agosto de 2008

Medalla para Mao

Se apagó la llama. Deportivamente, lo esperado. Los chinos se comieron el medallero, superando por primera vez a los Estados Unidos, y todo ello, por supuesto, sin estar en ningún caso dopados o sometidos a la semiesclavitud de interminables horas de entrenamiento por un régimen para el que los triunfos deportivos suponen, como para la RDA en los 80, la mejor propaganda posible. Además nos deja cosas comno que si Michael Phelps fuese una república independiente, sería el noveno mejor país del mundo olímpico; que Rusia, una vez abandonadas las habituales prácticas dopantes comunistas es uncapaz de competir con los yankees y para españa... buenos resultados en deportes mayoritarios, bastante lamentables en el resto y el regocijo de ver como doce tipos aparentemente normales ponían nerviosos a los dioses del salto imposible y el anabolizante; unos cuantos raperos chulos y millonarios a los que un chavalín de diecisiete años les hizo comprender, si es que les da, que ya no son los supermanes de antaño, sino una manada de saltimbanquis dopados a los que una pelota naranja ha evitado ser múltiples veces tiroteados en cualquier barrio chungo de su amada y poderosa patria.

Y fuera de esto, en el plano político, los Juegos nos traen una absoluta normalidad. la normalidad habitual cuando el evento se celebra en un país en que el estado decide hasta cuántos vástagos se puede tener, que es el que más sentencias de muerte ejecuta y lleva cincuenta años aplastando la cultura y el personal del Tibet, probablemente el país más pacífico del mundo, aprovechándose del hecho de que la fe tibetana, al contrario de lo que se estila con la mayoría de las religiones, no regala paraísos a todos aquellos dispuestos al asesinato en su nombre o a la estúpida inmolación ante un infiel.

La normalidad habitual en un lugar donde le ponen trabas al jamón ibérico pero se comen a los perros. La olímpica y sana normalidad que hace que ya no se respeten ni las ficticias treguas olímpicas; merced a lo cual la Rusia de Putin ha decidido que, ya que no puede competir con los USA en el medallero, si que lo hará en esa divertidísima competición que consiste en buscar un país rico en recursos, meterle los tanques por el culete y pegar unos cuantos tiros en nombre de la libertad.

Y como todo es tan normal, a nadie se le ha ocurrido levantar la voz. Bien pensado, si en lugar de dedicarse a la meditación budista los tibetanos hubiesen invertido los siglos anteriores en curtirse como refutados especialistas en ciento diez metros vallas, barras paralelas o tiro al plato, no sólo no hubiesen sido reprimidos y ejecutados, sino que con toda probabilidad se les hubiese permitido subir en el lujoso primer vagón en que se mueve una parte de esta China comunista de las dos velocidades, el de la apertura al capitalismo de las grandes ciudades mientras que los pobres de las zonas rurales siguen explotando sus yermas tierras a cuenta de un Estado ladrón, asesino y -paradójicamente- más clasista que las propias democracias occidentales capitalistas.

Para premiar todo este esfuerzo chino por integrarse en Occidente, el COI declara que los Juegos han sido un éxito con la misma soltura con que se los concedió o miró para otro lado cuando alguien mencionaba las palabras censura, dictadura o represión; con idéntica naturalidad con que ahora se frota las manos contando los ingentes beneficios que les ha dejado una cita olímpica en el mayor mercado potencial del mundo.

pero no es de extrañar, los herederos de Cubertain poco tienen ya que ver con los ideales olímpicos del barón -si es que alguna vez tuvieron algo que ver-, algo que ya quedó claro cuando, allá por 1990, concedieron la organización de los Juegos del centenario, los del 96, a Atlanta, una populosa urbe-macroaeropuerto en el corazón de la Norteamérica sudista, arrebatándoselos a Atenas, la patria de los Juegos, gracias al infinito poder de la Coca-Cola. Si en lugar de marcarse el primer maratón de la historia Filípides se hubiese esforzado en desarrollar la fórmula de la Pepsi, quizás los griegos hubiesen tenido alguna oportunidad. Otros, como los tibetanos, que erraron su misión histórica y les tocó joderse.

Porque así son las cosas detrás de los aros y la llama. Más rápido, más alto, más fuerte y, sobre todo, mucho más rentable. Que viva el espíritu olímpico, claro que sí.

viernes, 22 de agosto de 2008

Mártires de nuestro progreso

Quién iba a pensar que la búsqueda de alternativas al petróleo y sus derivados mediante el desarrollo de técnicas para el aprovechamiento como combustible de ciertos productos orgánicos, especialmente los cereales, iba a resultar algo tan trágico.

Pero así ha sido. El sistema occidental, el brutal capitalismo neoliberalista, capaz de convertir en detestable todo aquello cuanto toca, lo ha vuelto a conseguir y está generando ya uno de los mayores desastres de toda la Historia y, sin duda, el más infame de todos ellos, pues lo está haciendo de manera absolutamente consciente.

Para que nuestra sociedad pueda seguir manteniendo su exponencial ritmo de crecimiento y exacerbado consumismo, se utilizan para la fabricación de combustibles las plantaciones de cereal del tercer mundo, que hasta ahora eran las encargadas de mantener, precariamente y con dietas basadas casi enteramente en arroz o maíz, a la población autóctona de aquellos países.

El plan es matar de hambre a los pobres para que los ricos -o los que nos creemos ricos- podamos seguir viviendo un día más en el engaño. Si parásemos a pensar tan sólo un segundo en esa expresión, matar de hambre, desprovista ya de toda su fuerza por tantas veces como ha sido repetida, caeríamos en la cuenta de lo escalofriante de la situación; gente muriendo lentamente de inanición, y no precisamente porque no haya comida para todos.

Porque, al calorcillo de esta situación, aún emerge una infamia mayor. Especuladores que compran enormes cantidades de cereal, almacenándolos y traficando con ellos hasta que el mercado energético los requiera. Especular con el suelo, haciéndose rico a costa de que la mayoría de la gente tenga que endeudarse de por vida para tener un techo bajo el que habitar, es repugnante. Pero especular directamente con la comida básica de cientos de millones de personas, sabiendo que cada euro que cae en el bolsillo supone un hombre muerto de hambre, es la mayor de las perversiones, es algo que simplemente no es humano, propio de alguien indigno de ser llamado hombre. Deberían crear una denominación nueva para esa raza de seres a la que dentro del costillar les late un fajo de dólares. Hasta que la inventen me conformo con decir que son los mayores hijos de la gran puta que hollan este planeta, con perdón de sus madres y de sus veinte padres.

Y así la rueda gira, nosotros podemos tener un coche más potente, ellos son mucho más ricos aún, y la gente que muere está lo suficientemente lejos como para no importarnos una mierda.

Aún no han hecho nada, pero cuando se vean morir, puede que lo hagan. Quizás mañana la turba despierte enfurecida. O quizás el hambre no les haya dejado dormir y ni siquiera deban despertar; y con el amanecer los parias de algún recóndito agujero asiático, africano o sudamericano caminen con antorchas en las manos y una llama aún más fuerte en sus enfurecidas pupilas y arrasen con todo lo que encuentren a su paso, comprobando lo que realmente vale el poder de un gran especulador cuando tiene un machete hendido cuatro dedos en el cráneo.

Y ojalá le cojan el gusto y despuñes se vengan a por nosotros, que no les robamos directamente su pan de cada día pero sabemos, o sospechamos, que hay otros que si lo hacen. Y no sólo lo consentimos, sino que lo fomentamos con nuestro infame modo de vida.

Aunque ojalá fuesemos nosotros mismos los que, sin necesidad de que una horda de muertos de hambre cruce el río Bbravo o el estrecho de Gibraltar y se coma nuestros sesos decidiésemos revelarnos contra todos esos hijos de la gran puta que nos engañan para convertirnos en cómplices absolutos de sus viles asesinatos en masa. ¿Cómo? Levantar el pie del acelerador consumista puede ser un primer paso...

jueves, 7 de agosto de 2008

El Diablo entre obispos

La historia es más o menos así: Yahvé, Dios de pueblo de Israel, les envía a su hijo, el Mesías. Los judíos –quizás más ocupados preparando las bases de su sistema de prestamismo usurero que daría origen a la Banca o construyendo tanques para aplastar niños palestinos dos mil años después– no solo ignoran al enviado, sino que lo entregan como un malhechor a los romanos, la autoridad militar. Éstos, como quien no quiere la cosa, le crucifican. Algunos israelitas, que han sido discípulos del Enviado, se separan de la comunidad religiosa judía y fundan su propia religión, el cristianismo. Abreviando un poco: los cristianos van y se organizan en diversas comunidades y ponen a sus líderes, a los que llaman obispos, al frente de ellas. Esta jerarquía se va distanciando poco a poco de los creyentes llanos, que siempre hubo clases y clases. Y en esas el más importante obispo, el romano, va aumentando su poder con los años, y como mandar mola un huevo, se inventa un documento, el Edicto de Constantino, que justifica la unión de sus poderes religioso y civil. Solo habían hecho falta trescientos añitos de nada y ya estaba montada.

Después queman unas cuantas brujas, se van a América, esclavizan unos cuantos indios, discuten sobre si los negros tienen o no alma aprovechando mientras para esclavizarlos un poco también –por si acaso– y, a su regreso, entre otras cosas no menos humorísticas que éstas, ignoran el holocausto nazi –a fin de cuentas, los judíos habían matado a su dios al principio de todo esto, ¿no?– y apoyan un golpe de Estado en España identificándose totalmente con la posterior dictadura. Luego, cuando se les acaba el chollo porque el dictador la palma, se montan una emisora de radio y, para no desentonar con toda esta trayectoria anterior, ponen a Satanás al frente de su programa estrella.

Ladys and gentlemen, con ustedes... Federico Jiménez Losantos. Confieso que cuando me refiero a este tipo no hablo con un profundo conocimiento de causa, pues el mero hecho de escucharle me produce sarpullido y rara vez, cuando sin pretenderlo me topó con su voz, consigo aguantar más de dos frases de su provocador e incendiario discurso que busca avivar las llamas de un nuevo 36 y gusta de lanzar arengas a la población. No debe ser inusual escucharle incitando a las masas a pinchar condones en los supermercados, a delatar a sus vecinos por practicar la masonería, o por ser vasco, pelirrojo, moro o socio del Rayo Vallecano. La cosa es que no pare la fiesta.

En otros casos, como el de la Educación para la Ciudadanía, tiene la ocurrencia de llamar a la abierta desobediencia civil.
Imagino que la asignatura será alguna mierda propia del gobierno sociata español, quizás no la peor de cuantas perpetra. Eso es lo de menos. Importa más es el penoso hecho de que ésta sea la única causa que incite a la población a retar al Estado, con la tristeza añadida de que el instigador de la rebeldía sea quien es, la cara más visible del fascismo del país.

Fede, adalid de la libertad, defensor de la Patria, azote del marxismo, convencido demócrata, nuevo guía espiritual del Imperio y garante de la unidad de todas las Españas; el don Pelayo de los tiempos modernos, un auténtico Cid con micrófono, siempre bordeando los límites del fascismo, pero con la habilidad necesaria para mantenerse siempre dentro de él. Para qué salir de ahí si los obispos le pagan bien por emular al demonio en las ondas.

Hace tiempo leí un artículo dedicado a tan ilustre personaje en el que se hacía referencia al atentado que Terra Lliure –un grupo terrorista nacionalista catalán, hoy afortunadamente desaparecido– perpetró contra el susodicho, y que creó le dejó cojo y provocó su marcha de Cataluña. Fiándome de mi mala memoria creo recordar que decía algo así: “...los de Terra Lliure te tirotearon. Fueron crueles contigo, pues te dispararon en la pierna. Debieron haber apuntado al corazón, pues careces de él...”
Mejor a los huevos.

miércoles, 30 de julio de 2008

Euskadi Ta Askatasuna III: Desde el Oja con amor

Los productores de El Señor de la Capucha y La Comunidad del tiro en la nuca, y los guionistas de Los Dos Zulos les traen la definitiva entrega con que culmina mi trilogía terrorista, tras la que se deja meridianamente claro por qué usted es potencial objetivo etarra.

Recapacitemos, si es usted juez o concejal, usted es objetivo de ETA; también si es guardia civil o rey de España –en ese caso, además, haga el favor de salir de mi blog–. Pero también si usted es un obrero o un taxista, si es lateral derecho del Numancia, si es un ama de casa de Huelva con la facciosa tendencia a cocinar bacalao al pil pil o una peligrosa niña de catorce años. En todos estos supuestos es usted un opresor potencialmente asesinable por un retrasado mental de entre veinte y veinticinco añitos que la mayor opresión que conoce es al Estado gravando el whisky con impuestos como artículo de lujo y obligándole, puesto que no le llega la pasta, a echar litros de kalimotxo.

Hoy, por una vez, dejaré de enumerar enemigos de los primos gudaris e, inopinadamente, Bilis abrirá sus glándulas secretoras a la poesía. La escribe un tipo de Arnedo, de nombre Ángel Mª Fernández, y ha llegado hasta mí debido a que aparece gratuitamente publicada en internet en un recopilatorio de poesía riojana llamado Materia Prima.

No sé si publicándola en mi grotesco blog vulnero algún copyright o ley de propiedad intelectual, pero, como ustedes comprenderán, después de cagarme en todos los muertos –creo que no lo había hecho aún, así que ahí va, de gratis– de una secta de asesinos, no es momento de andarse con menudencias ante la SGAE de Teddy Bautista. (Aprovecho la coyuntura para recomendar a todo aquel que pueda temer represalias por parte de la SGAE a que reflexione un par de minutos acerca de qué temor le causaría un personaje que combinase el nombre de un osito de peluche con el de un profeta judío, por ejemplo, Jeremías de Pú o Winnie de Arimatea. Pues eso.)

El poema se llama Torres Gemelas y aquí está, dedicado a todos los hijos de puta que alguna vez han matado u ordenado matar en nombre de un dios, una raza o una patria:

En mi guarida francesa lloré
de patetismo; pobre,
creíame un terrorista auténtico,
un auténtico coloso del horror,
matón, un asesino.

Dónde mis kilos de goma dos, dónde
mis pistolas, explosivos.
Dónde el desprecio a mis hermanos,
dónde mi mala leche,
dónde mi rencor, mi escepticismo.

Dónde la recopilación de datos,
el espionaje a mis vecinos
dónde, me pregunté sobrecogido;
y en mi guarida francesa, enano,
lloré de patetismo.